Escrito por Ariana Franco

"Día del Libro Español. Otra iniciativa de
nuestro, celoso compañero don Vicente Clavel: dedicar un día de
cada año a celebrar la Fiesta del Libro Español. Este modélico
proyecto pasó a estudio de la correspondiente ponencia y está
pendiente de decisión."
En la Memoria corresponde del año 1924 no
encontramos ninguna referencia, pero, en el año 1925, el día 2 de
febrero, Clavel volvió a proponer la celebración de la fiesta e
inició las gestiones en Madrid. Finalmente, el día 6 de
febrero de 1926, el rey Alfonso XIII firmaba el Real Decreto
por el que se instituye, oficialmente, la "Fiesta del Libro
Español." En aquel entonces ocupaba el poder el Directorio
presidido por el general Primo de Rivera, ya uno de sus ministros se
había dirigido la Cámara Oficial del Libro con la confianza que
serían atendidos, y no se habían equivocado. El ministro de
Trabajo, Comercio e Industria era un catalán, Eduard Aunós-un
inquieto leridano hasta entonces estrechamente vinculado con Francesc
Cambó y con la política regionalista-, pero que por sus lazos con
otras personalidades militares ahora colaboraba con el Director. Don
Eduard Aunós acogió con entusiasmo la propuesta de Clavel, hecha a
través del "Comité Oficial del Libro del Ministerio de
Trabajo, Comercio e Industria" para que se instaure en España
la fiesta anual del libro español en la perdurable fecha del
natalicio del inmortal Cervantes. "Había que dedicar este día
a enaltecer y difundir el libro, básicamente con el aliciente
de su venta en la calle, con el descuento del 10% (el
espíritu de aprovechar rebajas y oportunidades económicas tiene
mucho cartel entre cierta gente), y ofreciendo protección oficial y
económica a la creación de bibliotecas populares.
determinaba, además, que ese día en todas las escuelas y centros de
enseñanza, incluso los militares, se dedicara una hora a la lectura
de fragmentos escogidos de obras literarias que exalta "la
Patria y el libro español." creaba, también, unos premios
de mil pesetas que otorgaban las Cámaras Oficiales del
Libro de Madrid y de Barcelona-los mejores artículos periodísticos
"que se publican en idioma español." La idea era
ambiciosa: llegaba a precisar que los municipios destinarían hasta
el 3% de sus presupuestos a la creación de bibliotecas
en el reparto de lotes de libros pero, como tantas otras ideas
proyectos lanzados al viento, no arraigó con suficiente
fuerza.
Hay que decir que tanto el rey Alfonso XIII como el
general Primo de Rivera no contaban con muchas simpatías en los
medios intelectuales y que, por otra parte, la trayectoria
republicana de Vicente Clavel tampoco era demasiado bien vista en
determinados ambientes. Pero todo el mundo admitía que un buen nivel
cultural era indispensable para dar, en los medios internacionales,
una imagen prestigiosa del Estado .(...)
Hay que reconocer, de entrada, la buena intención
del Día del Libro de promover el libro y la lectura. Pero no debemos
olvidar unos errores que tuvo ya en sus inicios. Por un lado, la
discriminación evidente hacia los libros escritos en otras lenguas
que no fueran la castellana: se habla siempre y de una manera expresa
de "lengua castellana" de "la lengua de Cervantes."
Una discriminación que cuesta mucho superar, y que de una manera
oficial, podemos decir que no fue derogada hasta la reciente
promulgación de la vigente Ley del Libro, del día II de marzo de
1975, que en su artículo 1 º afirma:
"La presente Ley tiene por objeto establecer un
régimen especial encaminado a promover el libro español en sus
diversas expresiones lingüísticas, y a fomentar su producción y su
difusión."
Esa discriminación superior podía alejarse de la
conmemoración oficial muchas personas e instituciones que se
mantenían fieles a la lengua del pueblo, en el caso concreto de
Cataluña, las más prestigiosas y más populares. Por otro lado, el
tono que tomó la conmemoración oficial fue a menudo el del tópico,
de escasa elevación cultural. Así, las expresiones "Sagrario
imperecedero" refiriéndose al libro o "genios de la Raza"
para hablar de los clásicos castellanos, no eran las más adecuadas
para actos de un cierto nivel literario o para medios de probado
espíritu crítico.
Tenemos un ejemplo muy típico en ese inefable Himno
al Libro del mismo año 1926, una de las estrofas del cual decía:
"En himnos fervientes cantemos al Libro, / loor
a Cervantes, ingenio español, y por la alta cultura constituyen
tantas velemos y vibre en nuestra alma de España el honor."
Ciertamente, no todas las celebraciones caían en
este defecto; la Asociación Cervantina, de Madrid, o las sesiones de
la Real Academia de la Lengua, sabían mantener el tono académico,
pero no llegaban al pueblo.
Dentro de esta tónica transcurrieran las
conmemoraciones de los años siguientes -1927, 1928, 1929, alternando
con las famosas celebraciones de la Exposición Internacional de
Barcelona y con la Exposición Iberoamericana de Sevilla-, hasta
llegar en 1930. Este año, después de una polémica de si sería
mejor seguir conmemorando la supuesta fecha del nacimiento de
Cervantes (el 7 de octubre) o la de su muerte (el día 23 de abril,
comprobada documentalmente), se acuerda de celebrar esta última,
considerando que el mes de abril era más indicado para actos en la
calle que no lo de octubre, donde el tiempo no acompañaba. Además,
la coincidencia con el inicio del año escolar perturbaba la venta de
libros de texto, en las librerías del ramo. Pero los hechos
políticos darían un nuevo carácter a la fiesta: el día 14 de
abril de 1931, la República era proclamada en toda España y el rey
Alfonso XIII marchaba camino del exilio. De aquellos años, hay que
remarcar la diferencia que se observa entre su celebración en
Barcelona y en Madrid. En Barcelona, la fiesta va tomando un
cariz más popular y comercial-paradas de libros en la
calle, de todo tipo: circulares de la Cámara Oficial del Libro a
libreros y maestros, recordando los de celebrar la Diada,
mientras que en Madrid privan los actos académicos
los de mayor solemnidad .(...)
En el año 1930, la fiesta alcanza en Barcelona un
éxito extraordinario al que contribuye la edición de diversas
novedades literarias catalanas de una gran aceptación popular. Es
por este tiempo que los editores deciden publicar las novedades
coincidiendo con el Día del Libro y organizan actos de firmas de
ejemplares por los autores. En Barcelona la venta de ese día
sobrepasó los 5.000 volúmenes, y se publicaron dos opúsculos
interesantes para la historia de la fiesta. Uno, titulado La Fiesta
del Libro, es una breve y ágil descripción de las paradas de libros
por las calles de Barcelona, firmada por Carlos Orgilés y Sánchez.
El otro, escrito por el impresor Víctor Oliva, El libro español,
fue editado por la Cámara Oficial del Libro barcelonesa y se
repartieron más de 40.000 ejemplares gratuitamente entre los
compradores de libros.
Cervantes y San Jorge: una rosa y un libro. Al día
siguiente de aquel Día del Libro un periodista escribia:
"Es de esperar que la próxima jornada se celebrará el 23 de abril coincidiendo con la de Sant Jordi, alcanzará aún mayor esplendor y será una verdadera fiesta del libro español."
"Es de esperar que la próxima jornada se celebrará el 23 de abril coincidiendo con la de Sant Jordi, alcanzará aún mayor esplendor y será una verdadera fiesta del libro español."
El periodista resulta un buen profeta, y desde el
1931, la fiesta del libro se convirtió auténticamente popular. Y no
sólo en Barcelona: en Gerona, en Sabadell, en Arenys de Mar, en
Badalona, en muchas poblaciones catalanas, el Día del Libro raíz
firme. La Cámara Oficial del Libro publicó, en 1931, un estudio de
Manuel de Montoliu sobre el Quijote: "Lo que España debe a un
libro", y en 1932, un pequeño y modélico volumen de Jordi
Rubió i Balaguer, director de la Biblioteca de Cataluña, que ponía
sus conocimientos al alcance de todos: "Cómo se organiza y
cataloga una biblioteca", de una utilidad notabilísima.
Realmente, la coincidencia de la fiesta del libro y la de Sant Jordi
daba un aire nuevo y popular en la fiesta. Otro periodista barcelonés
lo confirmaba al confirmar:
"Lo hemos acertado. La fecha del 23 de abril, en que la muerte de Cervantes coincide con la fiesta de Sant Jordi: rosas, libros y San ..."
"Lo hemos acertado. La fecha del 23 de abril, en que la muerte de Cervantes coincide con la fiesta de Sant Jordi: rosas, libros y San ..."
El Día del libro, desde entonces, tiene en
Barcelona-y por extensión a muchos de otros lugares de los "Països
Catalans" un carácter peculiar. Si bien no es fiesta oficial,
la calle tiene un aire festivo: hombres y mujeres, chicos y chicas,
todo el mundo lleva en la mano la rosa y el libro. La fiesta del
Patrón de Cataluña y la feria de rosas que la conmemora, tienen un
nuevo atractivo literario.
Mientras tanto, en Madrid la fiesta tomaba un cariz
diferente. Ya en 1932 se había intentado celebrar la "Feria del
Libro de Madrid", de una duración de más días, con unas
casetas de venta situadas en el Paseo de Recoletos que más adelante
se trasladaron a la zona del Parque del Retiro y, después de la
Guerra civil, proliferaron por diferentes ciudades españolas-. Pero,
el día del libro, a pesar de haber sido trasladado al 23 de abril,
no radica en Madrid ni en las poblaciones de fuera del ámbito
catalán. En Valencia, por este tiempo, hay que destacar la acción
cultural del Ayuntamiento, que en 1932, publicó y difundió una
volumetría de 1 'historiador valenciano Francesc Almela y Vives
sobre El libro valenciano y La lengua valenciana, Normas de
Ortografía Valenciana el año 1933. En Sabadell, la popularidad de
la fiesta del libro se debió, en buena parte, a la Acción Municipal
Docente, organizada al estilo de la Comisión de Cultura del
Ayuntamiento de Barcelona. que dedicó un interés especial en el
libro. (...)
El estallido de la guerra civil dificulta seriamente
la producción editorial: dificultades de papel, de materias primas,
inseguridad general. El Día del Libro del año 1937 todavía se
celebró con la aparición de algunas novedades literarias, y en
1938, el Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya
intentó dar una sensación de normalidad celebrando de una manera
relevante el día del Libro que por excepción, fue el día 15 de
junio-. Una exposición bibliográfica en el Casal de la Cultura,
inaugurada con una conferencia de caries Riba sobre "Sinceridad
y expresión literaria inicia una serie de parlamentos, en días
sucesivos, a cargo de varios escritores. (...)
Pero la guerra seguía su curso inexorable, y antes
de un año, el 1 º de abril de 1939, acababan las hostilidades. Un
país deshecho intentaba celebrar el Día del Libro del 1939, quizás
el más gris de los que encontramos en esta historia. Los años que
siguieron el final de la guerra se resienten de las limitaciones
impuestas. Además de las dificultades materiales-papeles de mala
calidad, encuadernaciones deficientes-, sorprendía la ausencia
absoluta de libros catalanes, impuesta por la rigurosa censura. Hasta
1950, prácticamente, el libro en catalán no se volvió a publicar y
poco a poco, retomó su puesto en las paradas en la calle del Día
del Libro. De aquellos años hay que recordar la parada que la Obra
del Diccionario catalán-valenciano-balear, que dirigía Francesc de
B. Moll, instalado en Barcelona, en lo alto de la Rambla, gracias a
la tenacidad y el esfuerzo de Joan Ballester.
Poco a poco la vida editorial retomaba el empuje de
los años anteriores a la guerra, y pronto el número de volúmenes
editados-la mayoría de producción editorial, en lengua
castellana-superaba, con mucho, la de 1936. Las Cámaras Oficiales
del Libro habían sido englobadas en 1941 en una nueva entidad:
Instituto Nacional del Libro Español", centralizado en Madrid,
pero que en Barcelona mantuvo una activa y eficiente delegación
dirigida por August Matons, con la colaboración de Santiago
Aceitunas. Los Gremios de Libreros y Editores que aportaron su
colaboración, y consiguieron publicar algunos opúsculos dentro de
la línea de los editados por la Cámara Oficial del libro antes de
la guerra. (...)
Desde 1950 la Fiesta del libro vuelve a ser popular.
Los Gremios de Libreros y Editores, con la colaboración del INLE,
editan carteles, sellos publicitarios, organizan exposiciones,
sortean lotes de libros entre los compradores y dan nacimiento, al
año siguiente, en la Feria del libro de 'Ocasión Antiguo y Moderno,
que a partir de entonces se celebra con gran afluencia de público
coincidiendo con las fiestas de la Mare de Déu de la Mercè. La
Feria, que este año conmemora el XXV aniversario, concentra la venta
del libro viejo y ha permitido reservar el Día del Libro
exclusivamente para los libros nuevos. Cada año, por el Día del
Libro, se encarga el "pregón" o conferencia inaugural a
una personalidad del mundo de la política o de las letras. Una de
las que alcanzó mayor resonancia fue la del ministro de Información
y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, en el año 1963, defendiendo la
licitud del libro en catalán y la promoción de la lengua y la
literatura catalana. En 1967, por iniciativa de un grupo de editores
catalanes, el INLE editaba el primer catálogo de libros en catalán,
que hasta hoy ha ido apareciendo alrededor del Día del Libro.
La fiesta se ha continuado celebrando el día de
Sant Jordi, con la excepción de algunos años que, por coincidir con
alguna fecha litúrgica-Viernes Santo, Lunes de Pascua-, ha sido
trasladada a una fecha diferente. Así, en 1962, cuando se celebró
en Barcelona el XVI Congreso de la Unión Internacional de Editores,
a cargo del INLE, el Día del Libro tuvo lugar el 12 de mayo,
coincidiendo con la jornada de clausura del Congreso y (dicho sea de
paso) llovió en mucho. Hecho curioso éste, que hay que resaltar, es
que a menudo el día de Sant Jordi ha sido día de lluvia. No
olvidemos que Jordi-en griego, Georgos-significa "campesino"
y que las lluvias de primavera son las que sazonan los sembrados y
benefician la cosecha. Ahora bien, a quien no benefician es al
librero, que debe tener la mirada oscilante entre la parada, con los
libros a la intemperie, y las nubes que amenazan la venta. "Calles
mojadas, cajones secos" dice el adagio catalán, y por este
motivo, cada año se recuerda oficialmente que el Día del Libro
puede trasladarse al siguiente si es talmente lluvioso que no permita
la venta. Los tradicionales chistes sobre libros y paraguas tienen en
este curioso fenómeno meteorológico su verdadero origen.
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